10
Dios es petiso y zurdo
O por qué carajo seguimos necesitando un 10
Texto anónimo
Te quiero decir algo que pensé, boludo.
No sé en qué momento empezamos a necesitar que todo tenga una explicación. Que cada jugador corra tantos kilómetros, que complete tantos pases, que tenga un porcentaje de efectividad del carajo o que el lavarropas tenga wifi. Que todo se mida, se compare y se traduzca en un numerito o necesariamente en una función práctica.
Pero hay algo que no entra en ninguna planilla. Algo que no se puede explicar del todo. Algo que, si sos argentino, conocés desde pibe: la necesidad de un 10.
Porque el 10 no es solamente un jugador que usa una camiseta. Es una promesa. Es la posibilidad de que, cuando todo parece perdido, aparezca un tipo capaz de hacer algo que nadie esperaba. Que agarre la pelota, levante la cabeza y te haga creer que todavía puede pasar algo extraordinario. Y mirá que digo un 10. El que no necesita hacer firulete o farmear aura para emocionarte. La cámara busca al 10, Lamine Yamal. Payaso.
Y vos sabés que el milagro del 10 no siempre pasa. Que muchas veces la pelota se va a la mierda, que el equipo pierde y que terminás puteando contra la televisión. Pero igual volvés a creer.
Es como cuando abrís la heladera por quinta vez esperando que haya aparecido algo nuevo. Sabés que no va a pasar. Y la mostaza, que sigue inmóvil desde hace cuatro Navidades, te dice: “¡Otra vez, flaco! No hay nada. Si aparece una empanada te mando un whatsappito”.
Eso hacemos con el 10. Volvemos a abrir la heladera. Una y otra vez. Porque sabemos que, alguna vez, ahí adentro hubo un milagro.
El fútbol moderno quiere convencernos de que todo se puede calcular. Que no hay lugar para la improvisación, que el espacio se ocupa, que las decisiones se automatizan y que cada movimiento tiene una explicación estadística. Que tenés que jugar con extremos. Que tenés que jugar como Guardiola. Y probablemente tengan razón. Pero ¿qué hacemos con lo inexplicable? ¿Dónde metemos esa jugada que no tenía sentido, ese pase que nadie vio, ese gol que parecía imposible?
El 10 vive ahí. En ese espacio que queda entre lo que debería pasar y lo que termina pasando.
Pero el 10 también es una especie de especialidad nacional. No es que seamos los únicos que lo tuvimos, pero hay algo en ese tipo de jugador que la Argentina parece producir como si viniera de fábrica. Brasil tenía los laterales. Italia, los centrales. México, el Chavo del 8. Y nosotros, la receta de Dios.
Un tipo capaz de agarrar una pelota y hacer algo que no estaba en los planes de nadie. Un jugador que no siempre encaja en el sistema, que a veces parece caminar mientras los demás corren, pero que de pronto te resuelve la vida en tres segundos. No sabemos cómo se fabrica. Pero cada tanto aparece uno. Y cuando aparece, volvemos a creer que Dios es petiso y zurdo.
Porque el 10 es, en el fondo, una contradicción con botines. Mientras todos buscan explicaciones, él hace algo que no tiene explicación. Mientras el técnico dibuja flechas en una pizarra, él ve un pase donde no hay espacio. Mientras los analistas explican por qué una jugada tiene un dos por ciento de posibilidades de terminar en gol, él la intenta igual. Y cuando sale, nos olvidamos de preguntar por qué. Cuando no sale, puteamos. Pero al partido siguiente volvemos a esperarlo. Somos unos tipos bastante incoherentes, pero tampoco vamos a hacernos los sorprendidos ahora. Puteábamos a Alfonsín pero lo recordamos con cariño. Menem nos hizo mierda, pero que tipazo el Turco.
Hay algo profundamente irracional en esa espera que el 10 absorbe. Sabemos que el talento no alcanza, que el fútbol depende de once jugadores, que la suerte existe y que hasta el mejor puede errar un penal. Sin embargo, cuando la pelota le llega al 10, durante un segundo suspendemos todo lo que sabemos. Dejamos de calcular, de desconfiar, de pensar en las consecuencias. Queremos creer que ese tipo puede hacer lo imposible. No porque tengamos pruebas, sino porque necesitamos que exista esa posibilidad. Y quizás ahí esté el secreto: no necesitamos que el milagro ocurra siempre. Necesitamos que pueda ocurrir.
Por eso la Argentina no fabrica solamente jugadores con talento. Fabrica una relación particular con el talento: una mezcla de devoción, exigencia, desconfianza y fe ciega. Al 10 le pedimos que sea humano para poder quererlo y divino para que nos salve. Que se equivoque como nosotros, pero que resuelva lo que nosotros no podemos. Que cargue con nuestras frustraciones y después, si gana, que diga que fue gracias al equipo. Una locura, obviamente.
La Argentina, además, se resistió durante décadas a abandonar al enganche. El mundo avanzaba, los equipos se ordenaban, los técnicos llenaban pizarras y nosotros seguíamos preguntando quién carajo iba a jugar de 10. Nos decían que había que presionar, ocupar espacios, reducir distancias, jugar sin referencias fijas. Nosotros escuchábamos con respeto, asentíamos como gente civilizada y después poníamos a un petiso entre líneas para que se hiciera cargo de todo. Porque una cosa es entender la evolución táctica y otra muy distinta es aceptar que te saquen al tipo que te hacía feliz los domingos. Podíamos cambiar el esquema, el entrenador, el presidente, el gobierno y hasta el nombre de la cancha. Pero ¿sacar al enganche? Nos llevó más tiempo a nosotros.
Y ahí está el asunto: el 10 es aceptar que el ser humano es irracional y que la vida no siempre es una ecuación. Que dos más dos son cuatro, salvo que estés perdiendo 1 a 0, falten tres minutos y el 10 agarre la pelota. En ese caso, dos más dos pueden ser un caño, una pared, un rebote en la rodilla de un defensor y un gol que nadie va a poder explicar en un congreso de matemáticas. La vida no siempre tiene una solución óptima; a veces tiene un tipo que se acomoda las medias, mira al cielo y pide que se la den de nuevo. El 10 no demuestra que el mundo tenga sentido. Demuestra que podemos vivir perfectamente sin entenderlo todo. Y eso, para una especie que inventó las reuniones de dos horas para vender Tuppers, ya es bastante revolucionario.
El argentino necesita épica porque la realidad suele venir con demasiados trámites y pocas recompensas.
Por eso nos conmueve un tipo que, a los 39 años, todavía quiere jugar un Mundial. Un tipo que prefiere un lateral a favor en octavos de final de Copa del Rey, antes que un Balón de Oro. O un tipo que se entrena solo en La Pampa, afeitándose contra una tranquera antes de correr treinta kilómetros para volver a jugar un Mundial. Los corre empujado por cumplir tu sueño y el de todos. Aunque lo odien. Aunque lo hayan criticado, aunque lo tilden de frío, de villero, de autista o de drogón.
Vuelve a pedir la pelota.
Y vos necesitás que lo haga. Porque, si él todavía puede intentarlo, quizás vos tampoco tengas que dar todo por terminado.
No es que creas que van a ganar siempre. Es que necesitás que alguien te recuerde que todavía se puede jugar.
Porque el 10 no es un futbolista perfecto. Nunca lo fue. Es un tipo al que le damos una responsabilidad absurda: que nos salve. Que resuelva el partido, que nos devuelva la alegría, que nos haga olvidar por un rato que el mundo es una máquina bastante mal diseñada.
Y encima pretendemos que lo haga con una pelota en los pies.
Por eso nos enamoramos de esos jugadores que parecen venir de otro lado. Los que no encajan del todo, los que hacen una pausa cuando todos corren, los que eligen un pase que parece una locura. Los que te hacen gritar antes de que la pelota llegue al destino, porque vos ya viste algo que los demás todavía no.
Quizás por eso seguimos necesitando un 10. Porque necesitamos creer que existe alguien capaz de romper el orden, de torcer el destino, de hacer que las cosas pasen de otra manera.
Y porque, aunque nos hagamos los modernos, los racionales y los expertos en estadísticas, todavía queremos que alguien nos haga sentir lo mismo que cuando éramos chicos y nos poníamos la camiseta a las once de la mañana para jugar a las nueve de la noche.
La camiseta ya estaba puesta. Faltaba medio día para el partido. Pero vos ya estabas ahí, en la cancha, haciendo el gol que todavía no había pasado.
En un mundo donde la 10 ya se la pone cualquier fantasma, o rapiditos, o tipos con degradé… En un mundo donde nosotros vemos a Dembélé, Vinícius, Benzema, Rooney, Dani Almost, Mbappé, Podolski, Diarra, Mané, Rashford, Van Nistelrooy, Kane o Leão con la 10… Después de no entender qué hacen esos giles con esa capa mágica, recordamos que ese 10 es más nuestro que nadie. Que Miguel Caneo, el Negro Palma, Santi Raymonda, Damián Manso, Martín Rolle o Huguito Morales tienen más idoneidad para hacer respetar la belleza de esa camiseta. Y que solo nosotros somos dueños de su significado y su secreto.
Chau, que tengas un Prosperi
(no confundir con próspero Año Nuevo, es un cinco que jugó en Argentinos y San Lorenzo de… no sé… de… Alma, del Bajo flo… no de… Boee… no, bueno, de San Lorenzo).
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